Salmo responsorial

Con frecuencia, tengo la necesidad de buscar un bar como el que busca una iglesia donde sanar sus heridas. La sensación que se tiene al traspasar el umbral es parecida: uno se siente reconfortado, inspirado. Una extraña paz te embarga. Llegas incluso a amar a tu prójimo. De hecho, en más de una ocasión, al entrar al bar, he girado ligeramente la cabeza a la derecha buscando la pila de agua bendita para santiguarme, confundido. San Miguel está en el templo y en el bar; hay feligreses con rodilla hincada en suelo, cada uno rezándole a su dios a su manera. Das la paz como quien da los buenos días y tienes experiencias más allá de la vida. Una vez encontré en el distrito 9 profundo de Nueva Orleans un bar reconstruido de los restos de una antigua iglesia. Conservaba elementos como los bancos, el púlpito. En pocos lugares me he encontrado más en armonía conmigo mismo.

Nunca hay que desaprovechar la oportunidad de ir al bar. La fe debe mantenerse, y nunca hay suficientes pecados que confesar. Que se lo digan a aquella chica de Valladolid. Era un miércoles lluvioso, su compañera de piso había tenido cierto desencuentro en el trabajo y necesitaba un vino. A regañadientes, la acompañó al bar de la esquina. Ahí estaban, tranquilas, cuando entró un chico extranjero, que se apoyó en la parte de la barra donde estaban ellas y pidió one beer. Pronto nuestra chica y el yankee se pusieron a hablar. Dos días después, tuvieron que sacar del hotel a rastras al tipo porque no se quería ir de Pucela. Corría el año 1991. Ese chico, por entonces desconocido, presentaba en la Seminci una película en la que participaba. Se llamaba Brad Pitt. Saquen esta anécdota cada vez que alguien le ponga excusas para salir: cualquier triste miércoles en Valladolid puedes acabar follándote a Brad Pitt.

Cuanto más se aleje de los parques temáticos del alcohol, estilo Marina Beach, mejor, claro está. Igual que es menos probable que se te revele el cuarto secreto de Fátima en la megaiglesia de Escrivá de Balaguer de Campanar que en una pequeña ermita centenaria, las historias están en los bares improbables. En karaokes inmundos habitados por una caterva de personajes que ya quisiera el Toni 2. En garitos rockeros sin clientes en una oscura callejuela de Malasaña. O el bar debajo de su casa, ése tan cutre, en el que de repente entra una estrella de Hollywood o se encuentra sentado al lado a Paul Auster, como le pasó a Tallón.

Por lo que a mí respecta, en suma, acudo al bar con la necesidad espiritual del que va a la iglesia y con la curiosidad de encontrar historias del periodista. Con lápiz y papel, sin prisas. Hace un par de días, una amiga me preguntó qué tiene que tener un bar para que me guste. Me escabullí como pude de responder. Hablar de bares es algo muy serio y no debe tomarse a la ligera. Diez o doce bares después, tengo la respuesta. Son sólo dos cosas: la pila de agua bendita de la entrada y una Olivetti en una esquina.

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