Distopía

El autobús de Ekialde le dejó a la entrada del pueblo. Encendió un cigarrillo y se quedó un minuto observando las primeras calles de Oiartzun, el lugar donde había nacido, crecido y vivido hasta que, como decía él, el Estado y su poder judicial represivo se lo permitió. Tampoco había hecho nada del otro mundo para tener que ausentarse durante dos años, por eso no le extrañó demasiado que no fuera nadie a esperarle a la salida de la cárcel de Nanclares. No esperaba ningún ongi etorri en su honor ni nada por el estilo; quizá unas cuantas rondas en la taberna de siempre y unas pocas palabras de ánimo. Familia ya no le quedaba, así que, bueno, se conformaría con poco.

Caminó hacia su casa sin cruzarse con casi nadie. Apenas pudo estar sentado un par de minutos: el tabaco le había abierto el apetito y tendría que salir a comprar algo, ya que en la despensa no había de nada. Eran las 19:30, quizá aún pillara abierta la tienda de Miren.

Vio a Miren en la puerta, con su viejo delantal blanco, hablando con una vecina. Callaron en cuanto le vieron acercándose. Sin decir nada, la clienta se alejó calle abajo y Miren se metió en la tienda. Giró el cartel a “cerrado” y se quedó mirándole seria, hasta que él se detuvo. Entonces se dio la vuelta, apagó las luces y la persiana automática comenzó a bajar. Pensó que en la taberna le recibirían con más alegría que Miren, que siempre ha sido muy suya. Quizá hasta hayan recogido algo de dinero estos dos años para ayudarle a empezar de nuevo.

Entró a la taberna y al instante todos dejaron de hablar. Los jóvenes le aguantaron la mirada y los viejos la bajaron para seguir jugando al dominó, negando lentamente con la cabeza y chasqueando la lengua. No había una sola foto de presos y las banderas y pegatinas habían desaparecido. En la tele ponían un concurso de Antena 3.

Pidió un vino y un pintxo de tortilla. Serán dos cincuenta, le dijo el tabernero, en castellano. No recordaba haber oído otra lengua que no fuera el euskera en el bar. Qué está pasando aquí, gritó. Desde el final de la barra Mikel, el profesor, se levantó. Las cosas han cambiado, le dijo. No queremos ver por aquí a traidores. No eres bienvenido.

Buscó apoyo con los ojos y no lo encontró, de modo que dejó tres euros en la barra, se alzó el cuello del abrigo y salió de la taberna. Fuera había anochecido. Unos chavales le observaban desde enfrente. Una mujer agarraba de la mano a su hijo, apretando los dientes.

Ni siquiera pasó por casa a por la bolsa. Subió a la parada de autobús y esperó a que pasara el siguiente.

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La amenaza de Podemos (para la izquierda)

Creo que hay varios tipos de silencios. Básicamente, distingo entre dos categorías: un silencio positivo, que es el silencio de la intimidad, del ser individual, del yo; es también el silencio de la empatía, el que se practica cuando no se quiere hacer daño al otro con nuestras palabras. En contraposición, existe un silencio negativo, un silencio que implica, directa o indirectamente, un daño a otra persona. Es éste el silencio cómplice de las injusticias. Este silencio requiere tener necesariamente una capacidad de influencia del que lo ejerce sobre aquél que sufre el hecho, así como, muchas veces, también sobre el entorno.

Este silencio negativo se separa, a su vez, en dos tipos: un silencio estratégico, entendido como aquél que se ejerce a conciencia para no posicionarse, o para no destacar el hecho, y de esa forma parecer que éste pierde valor. El otro es un silencio que se ejerce involuntariamente, cuando el que lo practica no sabe que lo está haciendo. Pese a no darse cuenta, al ser la capacidad de influencia del ejecutor necesariamente grande, se provoca igualmente el daño al que lo recibe.

El mismo día en que la Audiencia Nacional condenaba a hasta 13 años de cárcel a los jóvenes de Alsasua que tuvieron una pelea en un bar con unos guardias civiles probablemente, a la luz de ciertos vídeos y testimonios, provocada por los agentes de la Benemérita, en un claro ejercicio de abuso del poder por parte de la judicatura, Pablo Iglesias tuiteaba lo siguiente:

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Pablo Iglesias, supuesto líder de la izquierda, publica esto justo ese día, ejerciendo un silencio del tipo cómplice/negativo-a conciencia. De esta forma contribuye a que la injusticia de Alsasua quede en el olvido, al no darle difusión. No hubo ningún tuit siquiera lamentando la decisión de la Audiencia Nacional, que sí ha generado un fuerte revuelo en otros foros. Luego, por omisión, Iglesias se mostró de acuerdo con la sentencia haciendo así que muchos de sus seguidores no presten tampoco atención a ella y no ejerzan una posición crítica.

El peligro que supone Pablo Iglesias no se refiere a romper el Sistema, como hace creer la prensa del régimen y los partidos designados por los medios de comunicación como derecha (PP-C’s) o centro izquierda (PSOE), sino exactamente lo contrario: es peligroso para la izquierda. Los medios han asignado a Podemos las etiquetas de izquierda pura, izquierda radical, izquierda antisistema, etc. De modo que, cualquier elemento social denunciable desde un punto de vista tradicional de izquierdas y que Podemos no defienda se convierte en despreciable, no es tenido en cuenta. Podemos sólo defiende asuntos inanes, banales, poco significativos, mientras que los principales problemas de calado no los lleva en su programa y no son defendidos por nadie, precisamente porque han hecho creer al electorado de izquierdas que Podemos es la izquierda.

Esto lleva inevitablemente a una derechización de la política. La agenda de Podemos es atacada por el resto de poderes del régimen como radical, cuando en realidad a éstos no les molesta tanto. Pero entre todos hacen este juego, con la connivencia de la propia cúpula de Podemos. Los asuntos que se debaten, por simplificar, se podrían enmarcar dentro de un 4-10 en una escala imaginaria, siendo el 0 izquierda y el 10, derecha. Los asuntos 1-3 (Altsasu, libertad de expresión, justicia no independiente, pobreza (especialmente la infantil), desigualdad social, etc., etc.) son desatendidos y tildados por omisión como asuntos de izquierda radical.

El discurso reciente de Podemos se ha centrado en atacar una corrupción abstracta, algo fácil y cómodo, que resulta obvio y no les distingue de lo que hace el resto de partidos. No basta con poner ojos llorosos y fruncir el ceño cuando se exige eliminar los beneficios estatales de los que disfruta Billy el Niño. Esa es una cuestión sin riesgo: ¿quién está en contra de ello? De nuevo, la principal materia de preocupación en las últimas semanas de la formación morada es una de debate fácil y cómodo.

Considero plenamente plausible que la estrategia de Podemos haya sido consensuada con el Régimen, entendido éste como la Corona, los partidos políticos, las grandes empresas: los centros de poder. Podemos ha sido útil al Sistema para sacar a la gente del 15-M de las calles y volverla a adormecer, para blanquear los extremos de la sociedad, para hacer creer a la opinión pública que alguien (ellos) defienden las cuestiones “de izquierda”.

En el Estado español no existe la izquierda. Desde luego, Podemos no la representa. Recordemos el “sí se puede” coreado por Iglesias y los suyos mientras aupaban al poder a Pedro Sánchez y sus ministros Borrell o Grande-Marlaska. El gobierno de Sánchez es claramente un gabinete de derechas y Podemos, lejos de exigir o amenazar con regular su apoyo, los ampara y protege, como muestran las declaraciones de Íñigo Errejón del 10 de junio (1).

La pregunta que subyace es: ¿existe alguien que realmente quiera un cambio de verdad, o preferimos conformarnos con esta pseudo-izquierda?

Si bien, pensándolo bien, puede que el problema sea mayor, y que lo que está fallando no es la izquierda, sino esta pseudo-democracia.

(1) “Podemos tiene que ser una fuerza que respalde, sostenga y empuje a este Gobierno”. https://www.eldiario.es/politica/Podemos-fuerza-respalde-sostenga-Gobierno_0_780072720.html

Coños como el de Marta – Diana Aller

Una vez leí una entrevista a un escritor en la que éste opinaba que, para escribir una novela, uno debe despojarse de toda vergüenza, reparos o reservas. Al estilo de Karl Ove Knausgaard, por ejemplo, a quien algunos de sus personajes, que eran personas reales que le rodeaban en su vida diaria, dejaron de hablarle al ver lo que dibujaba de ellos. Un libro se debe escribir como si tus padres no fueran a leerlo jamás.

El capítulo primero de Coños como el de Marta, la novela de Diana Aller, es una muestra perfecta, toda una declaración de intenciones. En dos páginas y media se describe con detalles milimétricos un acto sexual, lésbico para más inri, de una chica puesta de eme con su amante. Hay blasfemias, palabras tabú que se repiten sin cortarse, frases rápidas y húmedas. Es fácil dejarse atrapar como lo hace Valeria por el coño de Marta.

Diana Aller ha escrito su Moby Dick. Igual que Melville alternaba los capítulos de la caza de la ballena con otros donde explicaba las longitudes de los arpones o el tipo de red idóneo para pescar bancos de merluzas, Diana aprovecha la narración de los encuentros de Valeria con Marta, la relación con sus hijos o la revisión de su pasado para introducir sus pensamientos, intuyo que buena parte de ellos reales y sinceros, si es que he aprendido algo del fundamental blog Lo dice Diana Aller.

Sus reflexiones sobre la vida moderna, los sentimientos y el amor, el comedor de la oficina, el trabajo alienante o las fiestas envueltas en humo están en las antípodas del pensamiento imperante por la sociedad de consumo, definido por conversaciones banales, discusiones sobre Android o Iphone, las noticias de Antena 3, el voto a Ciudadanos, los emprendedores, el optimismo mrwonderful o las vacías historias de superación. Coños como el de Marta ofrece una verdad cruda, un acercamiento a una existencia sencilla cuyos placeres no radican en las obligaciones impuestas por el capitalismo de vacaciones en Torremolinos, hipoteca, niños educados por la tecnología, una falsa felicidad nunca alcanzable. Diana Aller, por el contrario, plantea que es posible alcanzar la felicidad a través de vías alternativas al pensamiento positivo de los libros de Jorge Bucay.

Sólo hace falta un poquito de química y otro tanto de bioquímica.

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Saber seguro

Saber que existes.

 

Saber que realmente estuviste, que no te materializaste en un aire etílico.

Saber que te sentaste a dos sillas de distancia

      A mil jodidas millas de distancia

 

Saber que hablamos de lugares decadentes donde poder sentir algo

Saber que apuntaste tu corto nombre y te fuiste, como una bombilla fundida

      Los vasos de ese bar marinero temblequearon durante días

 

Saber si tu pelo y tus ojos eran negros

Si tus pies y tus manos, pequeños

Saber si caminabas erguida y si tu mirada era fija.

 

Saber que oiré tus canciones, leeré tus poemas,

conoceré a tus amigos, iré a tu ciudad

      Tú que no tienes ciudad

 

Saber que conduciremos toda la noche hasta Berlín

Saber que seguiremos bebiendo

      Cambiaremos de bar porque en ése no pasa nada.

 

Saber seguro.

Quise adentrarme en el frío provisto de cuarzo opaco

Tuve miedo del presente, del amor y de las manos

que tocaban las roturas de tus pantalones vaqueros,

traspasando la coraza hasta llegar a tu piel

mutada en papel de hojalata.

 

La corona de espinas desangró la suerte

de respirar un sol de mayo,

rasgador presagio de una ausencia,

radiografía de un cuerpo inerte.

 

Una vez esperé lo inevitable con la certeza del adiós.

El deseo caído rompió la posibilidad de la rabia.

 

Mañana aullaré la luna llena

armado de ceniza y de cristal.

Presagio de una ausencia

Llueve como lo hizo aquel día en la calle de La Palma, una lluvia que era presagio de una ausencia.

Veo en la previsión del tiempo que cada día de esta semana el sol saldrá un minuto después y se pondrá un minuto antes. Quizá llegue un día tangencial en que no saldrá el sol, o su paso será tan fugaz que no nos daremos cuenta, o tal vez el ocaso llegue antes que la puesta y ese día todos andaremos boca abajo y nos vestiremos por los pies.

 

La ciudad de la luz

Siempre he pensado que no habrá luz al final del túnel. Que efectivamente el túnel será oscuro, tanto que ni siquiera permitirá ver las propias manos, pero que al fondo esperará una noche aún mayor, absoluta, inimaginable, como un agujero negro retorcido contra sí mismo. Los píos, justos y generosos quizá vean la luz, sí. Pero cuando el Hombre venga a buscarnos al resto no deberemos preocuparnos por daños en la retina.

Hubo un tiempo en que València tuvo un infierno. El infierno era tenebroso, desde su entrada, escondida en una replaceta, hasta su interior. Empujabas la pesada puerta y hacías un giro a la izquierda, para luego virar a la derecha, accediendo ya desnortado. Sólo el olor a whisky permitía recomponerte, a la manera de un corsario al que sus compañeros tratan de despertar tras un ataque rival que le ha dejado inconsciente. La barra era doble, una parte mirando al exterior y su espejo a las entrañas del mal. Las botellas de alcohol duro estaban flanqueadas por latas de gasolina vacías, cadenas y calaveras, todo ello presidido por un mensaje en negro sobre blanco que resumía la vida de todos los que allí se congregaban: Elegí fracasar. En mitad del local, en un escenario sólo separado por dos cortos escalones del suelo magmático, sonaba el punk, el garage, la rabia, la desazón, la rebeldía, el grito y el desgarro: el rock and roll.

Ese bar, el último bar de València, ha muerto. Peor aún, ha sido reformado. No tendremos siquiera el placer de una muerte que dé paso al recuerdo y al mito. Recuerdos que yo guardo de un concierto en Semana Santa de unos rockeros franceses que reventaron los amplis, de Diego RJ pinchando pildorazos anfetamínicos o de los Biznaga zarandeándonos de la pechera, y que ya no me pertenecen.

Ahora, el Magazine tiene luz. ¡Luz! Tiene una sola barra que ha cedido protagonismo, para ser relegada al fondo a la derecha. Tiene una entrada, cuando antes tenía un laberinto. Apenas tiene unos pocos metros cuadrados para que los jóvenes ocultos extremen la tensión de las seis cuerdas. Tiene cosas, pero ha perdido su personalidad. Atisbé incluso un vinilo en la pared con la palabra “tropical” en cursiva y oro, antes de salir por patas, como alma que lleva al diablo, como de hecho hizo el diablo durante el mes de agosto, cuando la maldita reforma.

Antes de la última gran noche en el antiguo (snif) Magazine, acodados en la barra de Bodega Valero, el bar con la mejor mistela de València y prácticamente adyacente al Maga, un tío de La Coma nos repetía a Pilar y a mí que íbamos más que la luz, queriendo expresar a su modo que la oscuridad, como la serie negra de Goya, es el nivel superior que puede alcanzar el ser humano.

Maldita claridad.

img_1909-1024x972Foto: Sergio F. Fernández – Redacción Atómica

Manaia, Constanța

Son las tres del mediodía, y me ha costado diez segundos acordarme de esas dos palabras tan sonoras que pongo por título, y ni siquiera estoy seguro de haberlas escrito bien; señal de que el alcohol comienza a hacer efecto. Esto tiene la forma de La Manga del Mar Menor, pero en el Mar Negro. Básicamente, consta de dos cosas: tumbonas y chiringuitos. Apenas hay sitio para poner la toalla y a mí lo de la tumbona como que no, por lo que a la segunda vez que me echan de la arena (eso sí, amablemente, con choque de manos al aire incluido) decido que ya tendré bastante sol la semana que viene y que el alcohol nunca está de más, por lo que hago ruta de chiringuitos.

Por fin encuentro precios casi europeos. El doble vale unos dos euros y el gintonic (que sorprendentemente se encuentra), unos cinco. Para hacernos una idea, ésta es la Marbella de Rumanía.

En el bar donde me he falcao a hacerme dos Peroni, he aguardado un tiempo razonable a que alguien viniera a recoger las gafas de sol y el medio paquete de tabaco que hay junto a mi sitio en la barra. A mitad espera, he cogido un cigar para probar a ver si alguien me decía algo. Nada. Parece que hay vía libre.

Exactamente lo mismo habrá pensado la camarera. Cuando estaba a punto de coger la bolsa, las gafas, el tabaco, echarme uno a la boca (hay que ser elegante en el robar) e irme para no volver más, ella ha pasado por detrás de mí y los ha apartado. Ha cogido el Marlboro, ha encendido uno y me ha mirado a los ojos, comprendiendo ambos. Todavía he tenido un par de minutos vacilantes, valorando estrategias, sin querer saber que ya no había nada que hacer, como un toro con la espada clavada en la espina dorsal que todavía embiste.

Al menos me queda el bar y el gintonic, que no es poca cosa; sé que allí lo sirven por 18 RON, así puedo volver.

¿Qué vale más, unas gafas de cinco pavos o un beefeater tónica?

Dicen que el borracho se distingue fácilmente de aquél-que-ha-bebido. Éste, cuando tiene la resaca del siglo, una de ésas que duran hasta el miércoles, piensa: “no voy a beber más”. Y, efectivamente, no bebe más. Hay gente así. El borracho piensa lo mismo; sin embargo, al día siguiente sigue bebiendo.

Voy a por un shot de metaxa antes de que pase mi autobús.

Estación de Brasov

Escrito desde el bar de la estación de tren de Brasov.
Definitivamente, la Ciuc es Heineken y es pis. Ahora tomo una Efes, medio litro por 5 RON (un euro y algo). Acaban de entrar al bar los tres gitanos que iban en el autobús de Bran a Brasov hace unos minutos. Han dejado apoyadas en la pared una especie de lanzas, o cañas de pescar, o arpones -no sé- que en el bus no tenían. Igual son simples palas, y lo de los arpones es cosa de Hemingway y el libro que he terminado esta mañana, cuando me he desvelado a las 6:00.
Los gitanos no se atrevían a mirar a la chica del vestido negro cuando ha bajado un par de paradas antes que ellos; en su mirada fugaz a la muchacha se ha leído el sentimiento de inferioridad que una mujer de ese calibre les producía. Aquí están a salvo, en este bar, con unas 20 otras personas, todos varones rumanos menos el que escribe con una Efes y menos la camarera.
En esta semana habré pisado decenas de bares búlgaros y rumanos, muchos de ellos tomados de guías alternativas tan prestigiosas como Vice. Pues no sé, resulta que aquí, en este bar donde las sillas se mueven ruidosamente, bar con hombres tranquilos que beben solos o como mucho cambian alguna palabra suelta, casi gruñidos, con sus compadres; bar con tele en lo alto de una esquina que emite una película a la que nadie hace caso, bar sin música ni gente hipster, es en este bar donde me siento realmente a gusto, tanto como para sacar la libreta y escribir algo.
A mi derecha, los trenes hacen rutas literarias: acaba de pasar el Bucarest-Viena; la voz de los anuncios pide disculpas porque el tren lleva ocho minutos de retraso.
Fuera, donde he pedido a ciegas un sandwich de no sé qué, que ha resultado estar bueno, ha habido un conato de pelea, apenas un puñetazo lanzado al aire sin llegar a extender el brazo, con menos intención de agredir que de marcar el territorio.
La camarera hace bromas con un cliente. Las máquinas tragaperras esperan alguien que las alimente. Los arpones aguardan a que el pez se canse y vaya aproximándose en círculos al esquife; un pez noble, amigo, al que matarán porque es su obligación, porque no pueden no hacer otra cosa. Uno que entra sin camiseta, otro con chaqueta que mira la vida altivamente: parece que piensa mucho, pero no piensa en nada.
La cerveza se acaba, y mi tren me llama.

Sobre la belleza

Nos llevamos las manos a la cabeza cuando un informe PISA sugiere que los alumnos españoles tienen unas capacidades comparables a las de países como Burundi o Burkina Faso. Lo decimos desde la atalaya que nos da el creernos mejores que el resto, cuando probablemente nosotros mismos sacaríamos peores notas que esos chicos que nos imaginamos todo el día con el móvil en la mano y con un vocabulario de no más de 500 palabras, la mayor parte de ellas abreviadas. Somos mentes desnortadas e ignorantes, como demuestra nuestro erróneo tratamiento del concepto de belleza, que no es más que el fruto de una deficiente capacidad analítica, de atención a los hechos que nos rodean y de la inexistencia de miradas críticas al pasado. Dada la densidad de esta introducción, ilustraré mi hipótesis con un ejemplo que todos ustedes comprenderán, haciendo uso de lo que decía alguien sobre que bebía porque sólo a través del alcohol era capaz de soportar a la gente. Nuestra degradación es el fútbol.

Esta semana se disputó la final de la antiguamente llamada copa de la UEFA. Ajax contra Manchester United, éste último entrenado por José Mourinho, un profesional a todas luces prepotente, maleducado y arrogante en la derrota. Pero, al fin y al cabo, un profesional. Este señor planteó un partido que exigía marcar pronto, como así hizo, y luego juntó líneas para no dejar que su rival disparara un solo tiro a puerta. Acabó marcando otro gol en la segunda parte y llevándose el título.

Muchos espectadores, entre los que no me hallo (hay veces que no hace falta ni ver el partido: con ver las estadísticas a la media parte con alguna aplicación móvil y observando las palabras -y los silencios- en los grupos whatsapp, uno sabe qué tipo de partido se está jugando), empezaron a exaltarse: vaya partido más feo, están todos atrás, qué ha hecho el Manchester para merecer ir ganando; ojalá pierdan. Y es aquí donde radica el error. Son varias las causas que han prostituido la palabra belleza, hasta tal punto que sólo valoramos el triunfo a través de ella, no siendo posible alcanzar el éxito, para estas almas nítidas y prístinas, sino mediante el primor y el virtuosismo.

Debo discrepar. Este fútbol moderno que nos han hecho creer que es el único moralmente válido no existe. Bueno, ha existido en casos puntuales, y por eso todos podemos citar de memoria esos casos puntuales: la Holanda de Cruyff, el Barça de Guardiola, dos o tres Brasiles. Y otros menores: Villarreal, Celta de Vigo. Pero la mayor parte de los partidos de fútbol desde que fuera inventado hace 150 años ha consistido en partidos feos, cerrados, embarrados, toscos, broncos, físicos. En ocasiones sucios, aunque no siempre. Un partido puede ser feo sin ser sucio. Uno tiene los recursos que tiene, debe jugar con las armas disponibles y plantear un partido para ganarlo. En ningún reglamento de fútbol, escrito o tácito, se dice que el juego deba ser bonito. Además de que bonito es un concepto manifiestamente subjetivo. A mí ver pases entre Xavi e Iniesta me aburría soberanamente.

La objetividad son los tres puntos, o el título, y eso es lo que no se le podrá negar al Manchester de Mourinho. Que el partido sea feo o bonito dependerá del cristal con que se mire. Y aún en el hipotético caso de que se acordara un estándar de belleza común, al comentario de “qué feo es este partido” yo respondo: y qué. Si usted quiere que un equipo que ni le va ni le viene tenga que divertirle anda muy desencaminado. Que tenga que ser elegante para su propio solaz y regocijo. Ay, pobre de usted. La adaptación al medio es fundamental. ¿Se imagina un señor con corbata trabajando en una máquina de fabricar azulejos? ¿Se imagina a una persona con tacones subiendo un ochomil? La corbata se le quedaría pillada en la máquina y le arrancaría el pescuezo; con tacones uno no sube ni la escalerilla del avión de Air Nepal. Lo importante es que salga el azulejo y que se suba la montaña, y no hay que estar bello para ello: hay que vestir botas de seguridad y anorak de North Face.

Con esta parábola que les dejo, queridos hermanos, quiero apuntar a la falsa exigencia de belleza, en el sentido estándar del término, en esta vida moderna (odio eterno al fútbol moderno). Sin ser sucio -sin pegar patadas ni engañar al árbitro-, es posible alcanzar el objetivo jugando feo, sin dar espectáculo, con una puesta en escena burda, con dos palets de naranjas y una silla desvencijada.

Si quiere espectáculo, vaya al circo.

Kiko-Rivera-Jessica-Bueno-posando